Pocas cosas
me excitan tanto como el caos, aunque no parezca. La adrenalina y el alcohol y
los ojos cansados y llorosos y hermosamente negros, pintados con noche y humo.
La estabilidad me da miedo. Podría alcoholizarme todas las noches, todas las
tardes, todos los días y llorar y sudar y lamer y morirme a los treinta y sería
feliz. No temo a la adultez, sencillamente la repulso. Me bastaría con estriar
el molde, ser todo lo que lograría que mami se avergüence y me odie. Pero
no puedo.
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