Saturday, June 18, 2016

Ay, no sé


Aveces me miro en el espejo y me siento extraña. ¿Se supone que reconozca lo que veo? ¿Se supone que vea lo que los demás ven? Entonces me da un poco de miedo de no conocerme, de pretender ser algo que no soy… y me culpo. Me culpo porque esta pendeja pretensión se basa principalmente en lo que ve el otro. No en lo que veo yo. Y me doy tristeza. Tristezas. Por andar en esos espacios de incertidumbre y pesares que al final tienen todo y nada que ver conmigo, con el reflejo en el espejo, con los espejuelos grandes y los labios pequeños que me soprenden cada que veo una superficie que se obstina con mostrarme. Ay, no sé, como él dijo, todo esto está mal escrito.

Thursday, June 2, 2016

Alabanza al bisturí

“Enséñame y yo te maquillo.” Él dice y yo sonrío como sin ganas, pero agradecida. Él es gracioso de vez en cuando y cuando me ve contemplando mis manos se las ingenia. “Va a ser una ventaja cuando estés sola y quieras tocarte...”

***

Detengo todo. Con frecuencia me detengo y las miro. A veces las huelo porque huelen a la mami de mi infancia, o a cloro, que en este caso es lo mismo. Las miro con tristeza. Intento obligarlas a detenerse, pero entonces el dedo del medio se encoge un poco y, junto al resto, comienza ese jamaqueo leve pero eterno. El meñique de la derecha es el más inquieto, no sé por qué. Dicen que los más pequeños son ajíes.

***

- Nena pero tranquila, no tienes por qué estar nerviosa.
- No estoy nerviosa.
- Pero estás..
- Temblando. Lo sé. Gracias por el anuncio.
- ¿Pero nunca has ido al…
- Al médico. No…
- Debe ser la…
- El azúcar. Tal vez.

***

Tengo 24 años y mis manos tiemblan como si tuviera, no sé, 60, quizás. Tiemblan todo el maldito tiempo y cada vez tropiezan más con ellas mismas, se niegan a delinear bien los ojos, y como mi paciencia es débil ya desistí del esfuerzo fútil de pintarme las uñas, aunque me gusta. Me gustan rojas. O negras. O azul oscuro, o morado. Pero desistí. El ejercicio me requiere tanta concentración que me desespera. Se me enredan las manos, respiro hondo, paso por primera vez la brocha dibujando la primera línea que divide la uña justo por la mitad. Lo logro. Pero la segunda línea siempre es más difícil. La trazo. Se escapa el esmalte a un pedacito de piel, las líneas se dibujan extrañas, respiro hondo una vez más, ‘estrillo’ los dedos, vuelvo al ataque, siguen temblando, nenas quédense quietas un ratito, acerco la brocha a la uña, tiembla el dedo, tiembla la brocha. Fuck it.

***


Por suerte me tocó un lápiz y no un bisturí. Salvo alguna que otra palabra, nadie corre riesgo.

Friday, May 6, 2016

De la Honestidad

Es curioso cómo una siempre busca inspiración en las mismas cosas, en los mismos textos, en los mismos olores, en las hojas. Yo siempre suelo regresar al Gabo. Me llena de unas energías extrañas que a veces no sé medir. No hace falta. Pero las necesarias como para decirle “sube, aquí matamos gente” al cabrón que se atrevió a gritar “eah mami, vamos a prender, ¿te acompaño? ¿fumamos?”. Desde el balcón se escucha una de cosas… y yo solo quería repasar al Gabo.

No pude. Cuando una tiene quince cosas en la cabeza no se le puede leer porque nada entra, o porque las sensibilidades están tan afloradas que conviene no provocarlas. Cerré el libro y me dije que soy una cobarde. Y es que soy una cobarde que esconde las lágrimas, aunque me encantan. Como si las lágrimas fueran sinónimo de debilidad, y como si ser débil fuera un pecado capital. Y se pone una a repasar los pecados capitales y se da cuenta que va para el infierno. Quizás allí me encuentro al Gabo y tengo energías para toda la eternidad, aunque las necesito ahora.


Decir la verdad es un mal necesario, un alivio, pero también es uno de esos actos que requiere gran energía. Sobre todo si apalabrarla lastimará a otros. Hoy tuve una gran lección. Quizás gracias al Gabo, quizás no. Ya no sé. No hace falta.

Tuesday, April 26, 2016

Ausencias 1

Esta es la generación de las ausencias. O al menos otra generación de las ausencias, por eso de hacerle justicia a la historia. Crecemos con huecos que llena la distancia, una llamada, o en el peor (¿o el mejor?) de los casos el olvido.

Sunday, March 27, 2016

La perfección

Pocas cosas me excitan tanto como el caos, aunque no parezca. La adrenalina y el alcohol y los ojos cansados y llorosos y hermosamente negros, pintados con noche y humo. La estabilidad me da miedo. Podría alcoholizarme todas las noches, todas las tardes, todos los días y llorar y sudar y lamer y morirme a los treinta y sería feliz. No temo a la adultez, sencillamente la repulso. Me bastaría con estriar el molde, ser todo lo que lograría que mami se avergüence y me odie. Pero no puedo.       

Saturday, March 26, 2016

Pa correr

Es cierto. Me engaño. Me digo que quiero honestidad y es cierto. Pero no honestidad para digerirla y aprender a vivir con ella, como digo. Y es cierto, detesto la mentira. Pero si pido la verdad es para salir corriendo, para no caer en esa trampa que es la falacia, para no quedarme allí. ¡Qué hipócrita he sido! Pero es cierto y no queda de otra.


Gracias Z.

Wednesday, February 10, 2016

Mami: otro fracasado intento de (d)escribirte

Ma’ #1
No se escribir de mami todavía.

Ma’ #2

Opté por la leche en la espalda, los jevos múltiples y variados, las jevas ocasionales, el cigarrillo de algunos días, el pitillo de algunas noches, la cafrería disfrazá, los amigos pelús, las amigas blasfemas, el perreo en 20 uñas y el olor a soledad. Opté por cagármele en la madre a Muñoz, en el padre a Cristo, por huirle al matrimonio y a los niños, por joder a los adultos, por llorar todas las noches y discutir hasta el cansancio. Opté por preguntar y por no dejarme joder –tanto- por un hombre. Ella esperaba todo lo contrario. 

Sunday, January 31, 2016

Playa Vacía

     Él me dijo que lo siguiera y fuimos a Torrecilla Baja donde el sol se pierde entre manglares y otros verdes. Me dijo que esperara y esperé. Me dijo respira hondo una, dos, tres veces y espera. Respiré hondo una, dos, tres veces y esperé. El gallo, vuelto loco, no dejaba de alborotar sus alas golpeando los cristales del carro como si supiera, como si oliera lo que ocurriría.  El gallo no quería esperar. La luna despidió al sol y el pobre ya no tenía energías para golpear el carro, para mover sus alas.  Ahora yo no quería esperar. El hombre me dijo es hora, quítate la ropa, todo, deja todo. Me la quité. Me dijo mira hacia el mar y hacia el mar miré. Me dijo corre y no pregunté, corrí al agua con los brazos abiertos, me le metí en el alma al Atlántico y casi nadé pero recordé que una vida en una isla no me ha dado para aprender a nadar, y me asusté. “¿Ahora qué?” Le grité. Me dijo regresa. Corre. Regresé. No te muevas. No me moví. Agarró al gallo cansado y cantaron los dos como si hubiesen ensayado. Lo agarró fuerte, me miró, dijo mira, y miré y abrió su boca y se metió el cuello del maldito gallo a la boca y en un beso extraño le arrancó la cabeza y se acercó y me mojó con la sangre roja, rojísima y caliente. El cuerpo del ave temblaba sin cabeza, estaba muerta pero seguía muriendo y recordé aquella cosa en el toilette, una cosa a la que casi le llamo hijo. Roja me bajaba calientita por las piernas, por las tetas paraditas y la espalda erizada. Le cortó el ala y me la paseó por las costillas y las nalgas. Cantaba cosas raras y lloré. Lloré porque no entendía la mala racha que me costó 300 y una sobá. Él me tocaba con las plumas de aquella cosa muerta. La soltó. Usó sus manos. Bailó a alrededor de mi piel casi plateada por la luna. Yo que siempre había sido amarilla y allí estaba. Roja sangre, plateada luna y cagá como una plasta de mierda verde. El viejo seguía cantando no sé qué a no sé quién. Me tocó la piel, la vida, el miedo, la cartera. Al otro día seguía la misma mala racha y diez gallos sin cabeza recibían al sol en Playa Vacía Talega.

Friday, January 29, 2016

Ma'

Me mutilaste. Me dijiste que tenía que ser perfecta, que el éxito se escribe de una sola forma. Me querías perfecta y me cortaste los brazos, me cociste la boca. Hoy no hablo por tu culpa.

Thursday, January 28, 2016

Jaime

     Esta tipa. Mala mía amiga pero no recuerdo tu nombre. Vuelvo. Esta tipa viene a hablar de las pseudomemorias y me da pavor. Dice que son memorias que una misma se siembra en la cabeza y se vuelven una mata de plátanos que te deja la mancha y te las crees muy ciertas. Y yo que estaba segura de que aquel día me levanté y les dije a mis hermanos ¿por qué todos agarran una servilleta? Y me miraron mal y se fueron y yo, una enana con apenas cuatro veranos, agarré también una servilleta y los seguí vestidita de negro, con el pelito corto, cortito y ralo y la pollina tapándome los ojos. Qué sabía yo de la vida o de los sueños. Qué sabía yo que la servilleta era para secarse las mejillas. Qué sabía yo que aquel montón de flores eran una ofrenda y que aquel tipo grande, rubio, hermoso, en verdad no dormía como dijo mami. Y me levanté y dije, que lindo mano, este tipo es bello. Y pensé que seguramente él pensaba lo mismo de mí, pero la gente lloraba y yo no entendía cómo es que tanta lindura bañada con una luz artificial podía provocar tanta angustia. Y le dije que era hermoso y me fui a llorar y a contar las flores y a tomar chocolate caliente y perdí mi servilleta. La perdí. Mami dijo que dormía y me mintió. Tan lindo Jaime, dormía. Dormía, dormía, dormía, que rabia mami dijo que dormía y me mintió. Tan lindo Jaime, no dormía. Y entendí que lo perdí, que la gente lloraba porque esas pestañas rubias y esa frente ancha y el bigote de guardia palito estarían en unas horas en un boquete de cemento. Y se llevaron las flores y se lo llevaron a él y yo me llevé el queso de papa y cuando llegamos al cementerio yo me quedé arriba de la escalera con mis cuatro veranos pero un frío que se metía por debajo de las uñas, de los párpado, de los intestinos. Lo metieron en un hueco y Tony se desmayó. Pobrecita, le tocó enterrar a un hijo. A un hijo hermoso. Y dije abuela me mentiste y te mereces el desmayo. Y ahora viene la tipa esta a decir que disque pseudomemorias, que disque una se las siembra en la cabeza como una mata de plátano que te deja una mancha y te la crees. Y a mí me da pavor que la servilleta y las flores y el guapo y la vieja sean un racimo de fantasías y que entonces no me quede nada de él.

Sunday, January 24, 2016

Un altar a la nada

     ¿Qué carajos voy a hacer? Un altar a la fuerza puede no ser tan mágico como esos pequeños altares que nacen de la nada. Luego me sedujo la idea. Fotos, pensé primero. Pero no me valió ni la pena ni las ganas. Ni de vivos, ni de muertos. Los primeros están ahí y prefiero sentirlos, olerlos. Los segundos… bueno, no me gusta tener tanto muerto mirándome. No me gusta recordarlos aunque los recuerdo. Hacerlo es recordar que esto-se-va-a-acabar. Y no es de la muerte de quien huyo, sino del tiempo. Me aterra que se me escurra entre las manos sin haber alcanzado lo que perseguí (aunque ahora no tengo idea de lo que persigo). Me aterra un “no pude y ya no hay tiempo”, y esos ojos que persiguen a una de lado a lado son como el tic-toc que me estremece la vida y me despierta el sueño. Espero que mis ojos nunca persigan a alguien desde la oscuridad de la nada. Por eso opté por una planta en el extremo izquierdo de una mesa coja de madera (aunque hoy la sustituye una planta de mentira por eso de que me mudo en unos días). Verde. Con V de vida. Con vida que depende de agua, de luz, de mí.
     Al centro está Gabo y un compendio de sus textos periodísticos que me gritan <<libertad>>. Maldita sea, siempre quedaron por obligación unos ojos de muerto, por esa extraña obsesión de la gente de ponerle rostros a las palabras. No los juzgo. Y ahí está él, en la portada del libro. Periodismo. Libertad. Casi un oximorón. El mejor oficio del mundo, decía. Yo no le creo tanto, pero me lo disfruto. El periodismo está tras las rejas del mercado, aunque es una esperanza para algunas que creemos que un mundo mejor es posible. Se nos va la vida tras la justicia. Vida. Libertad. Justicia.
     Esta la tenía clara: no podía faltar el globo terráqueo. Ese que sujeta algunos libros y ahora al Gabo, ese que paseo frecuentemente con los dedos marcando dónde estuve, buscando a dónde ir, dónde están los que se han ido, los que conocí allá, dónde está aquel par de ojos claros que corretearon mis latitudes y quizás algo más. Juego. Vida. Libertad. Justicia.
     Luego recordé la pieza esa que no sé cómo se llama pero que quema un tipo de cera que termina convirtiéndose a olor. Lo ubiqué a la derecha de Gabo y del mundo sin  buscar muchas razones. Solo hay algunas pestes que detesto y el fuego siempre luce bien. Lo demás en la mesa es espacio libre para que se le sigan acumulando las excusas.



No se me ocurre algo más.



Thursday, January 21, 2016

Trazos de un autorretrato #1

     La frente ancha y el pelo lacio me recuerda al padre ese que no tuve. Mi cara es la de él y viceversa. Mi pelo a veces entrenzado grita la fidelidad que le guardo a la madre que siempre estuvo y de la que no saqué ni la nariz. Otros dicen lo contrario. Pero esa piel chocolate se mezcló con los pelos rubios de Jaime y salí yo… blanca. Menos que el resto  de mis hermanos, pero blanca.

     Los hombros metidos -como queriéndose tocar uno con otro frente a mi pecho- llegaron en la adolescencia, esa tapa extraña y rica, torpe y loca a la que le llaman pubertad. Es un abrazo que no quiere darse, que quiere quedarse conmigo. Es un cuarto cerrado. Una palabra que no se dice.

Wednesday, January 20, 2016

De un duende

      En grado once me equivoqué. Fui a la pizarra y ubiqué a Egipto en algún otro lugar del continente africano. Me lo recuerdo a veces… bueno, a cada rato. Un duende en mi cabeza lleva una bitácora de todos mis errores. Como cuando perdí la carrera del pavo en kínder porque tomé la ruta equivocada o abusé de los pronombres en aquella crónica que me tocó redactar en Colombia. Ese tipito -que no creo que sea verde- me recuerda mis errores a cada rato lanzándolos como bolitas de plasticina a una pared blanca.  Tampoco creo que sea rojo. El rojo es demasiado  intenso. Rojo-puta-pasión. Rojo-sangre. Rojo-bemba. No. Los errores no pueden ser rojos y tampoco el tipito insoportable.


      Me he dicho que hay que ponerle nombre… ¿pero cómo ponerle nombre si no sé de qué color es? Si es gris le llamaría algo así como Altagracia o Raúl. Aunque Raúl suena a violeta. Podría llamarle Amarilla pero entonces olería a whisky. Tiene que ser uno que huela a impertinencia, no a whisky. ¿Y si es al revés? ¿Si es el nombre el que le da color? Quizás Mayra no sería tan negra si se llamara Rebeca. ¿Y si le pongo nombre y luego me encariño? Eso de la autocompasión suena a colonia y a tres párrafos de autoayuda. El asunto es que el tipito está ahí, y a veces, cuando no me angustia sentirme humana, me animo y se me meten por los ojos las ganas de traspasarlo con una aguja, arrancarle pelo a pelo, y quitarle la piel, dejarlo en pelotas, sin pelotas, esnuito frente al mismo espejo que me hace verme a cada rato con mis vergüenzas, con sus vergüenzas; convencerlo de que hay cosas más importantes que recordar. Que al final no importa dónde queda Egipto o si una frase fue redundante. me angustia sentirme humanara luego reirse hisky. able. o como si fueran bolitas de plasticina y yo una pared