Él me dijo
que lo siguiera y fuimos a Torrecilla Baja donde el sol se pierde entre manglares
y otros verdes. Me dijo que esperara y esperé. Me dijo respira hondo una, dos,
tres veces y espera. Respiré hondo una, dos, tres veces y esperé. El gallo,
vuelto loco, no dejaba de alborotar sus alas golpeando los cristales del carro
como si supiera, como si oliera lo que ocurriría. El gallo no quería esperar. La luna despidió
al sol y el pobre ya no tenía energías para golpear el carro, para mover sus
alas. Ahora yo no quería esperar. El hombre
me dijo es hora, quítate la ropa, todo, deja todo. Me la quité. Me dijo mira
hacia el mar y hacia el mar miré. Me dijo corre y no pregunté, corrí al agua
con los brazos abiertos, me le metí en el alma al Atlántico y casi nadé pero
recordé que una vida en una isla no me ha dado para aprender a nadar, y me
asusté. “¿Ahora qué?” Le grité. Me dijo regresa. Corre. Regresé. No te muevas.
No me moví. Agarró al gallo cansado y cantaron los dos como si hubiesen
ensayado. Lo agarró fuerte, me miró, dijo mira, y miré y abrió su boca y se
metió el cuello del maldito gallo a la boca y en un beso extraño le arrancó la cabeza y se acercó
y me mojó con la sangre roja, rojísima y caliente. El cuerpo del ave temblaba
sin cabeza, estaba muerta pero seguía muriendo y recordé aquella cosa en el
toilette, una cosa a la que casi le llamo hijo. Roja me bajaba calientita por las piernas, por las tetas paraditas y la espalda erizada. Le cortó el ala y me la paseó por las
costillas y las nalgas. Cantaba cosas raras y lloré. Lloré porque no entendía
la mala racha que me costó 300 y una sobá. Él me tocaba con las plumas de
aquella cosa muerta. La soltó. Usó sus manos. Bailó a alrededor de mi piel casi
plateada por la luna. Yo que siempre había sido amarilla y allí estaba. Roja
sangre, plateada luna y cagá como una plasta de mierda verde. El viejo seguía
cantando no sé qué a no sé quién. Me tocó la piel, la vida, el miedo, la
cartera. Al otro día
seguía la misma mala racha y diez gallos sin cabeza recibían al sol en Playa
Vacía Talega.
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