Sunday, January 31, 2016

Playa Vacía

     Él me dijo que lo siguiera y fuimos a Torrecilla Baja donde el sol se pierde entre manglares y otros verdes. Me dijo que esperara y esperé. Me dijo respira hondo una, dos, tres veces y espera. Respiré hondo una, dos, tres veces y esperé. El gallo, vuelto loco, no dejaba de alborotar sus alas golpeando los cristales del carro como si supiera, como si oliera lo que ocurriría.  El gallo no quería esperar. La luna despidió al sol y el pobre ya no tenía energías para golpear el carro, para mover sus alas.  Ahora yo no quería esperar. El hombre me dijo es hora, quítate la ropa, todo, deja todo. Me la quité. Me dijo mira hacia el mar y hacia el mar miré. Me dijo corre y no pregunté, corrí al agua con los brazos abiertos, me le metí en el alma al Atlántico y casi nadé pero recordé que una vida en una isla no me ha dado para aprender a nadar, y me asusté. “¿Ahora qué?” Le grité. Me dijo regresa. Corre. Regresé. No te muevas. No me moví. Agarró al gallo cansado y cantaron los dos como si hubiesen ensayado. Lo agarró fuerte, me miró, dijo mira, y miré y abrió su boca y se metió el cuello del maldito gallo a la boca y en un beso extraño le arrancó la cabeza y se acercó y me mojó con la sangre roja, rojísima y caliente. El cuerpo del ave temblaba sin cabeza, estaba muerta pero seguía muriendo y recordé aquella cosa en el toilette, una cosa a la que casi le llamo hijo. Roja me bajaba calientita por las piernas, por las tetas paraditas y la espalda erizada. Le cortó el ala y me la paseó por las costillas y las nalgas. Cantaba cosas raras y lloré. Lloré porque no entendía la mala racha que me costó 300 y una sobá. Él me tocaba con las plumas de aquella cosa muerta. La soltó. Usó sus manos. Bailó a alrededor de mi piel casi plateada por la luna. Yo que siempre había sido amarilla y allí estaba. Roja sangre, plateada luna y cagá como una plasta de mierda verde. El viejo seguía cantando no sé qué a no sé quién. Me tocó la piel, la vida, el miedo, la cartera. Al otro día seguía la misma mala racha y diez gallos sin cabeza recibían al sol en Playa Vacía Talega.

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