En grado
once me equivoqué. Fui a la pizarra y ubiqué a Egipto en algún otro lugar del
continente africano. Me lo recuerdo a veces… bueno, a cada rato. Un duende en
mi cabeza lleva una bitácora de todos mis errores. Como cuando perdí la carrera
del pavo en kínder porque tomé la ruta equivocada o abusé de los pronombres en
aquella crónica que me tocó redactar en Colombia. Ese tipito -que no creo que
sea verde- me recuerda mis errores a cada rato lanzándolos como bolitas de plasticina
a una pared blanca. Tampoco creo que sea
rojo. El rojo es demasiado intenso.
Rojo-puta-pasión. Rojo-sangre. Rojo-bemba. No. Los errores no pueden ser rojos
y tampoco el tipito insoportable.
Me he dicho
que hay que ponerle nombre… ¿pero cómo ponerle nombre si no sé de qué color es?
Si es gris le llamaría algo así como Altagracia o Raúl. Aunque Raúl suena a
violeta. Podría llamarle Amarilla pero entonces olería a whisky. Tiene que ser
uno que huela a impertinencia, no a whisky. ¿Y si es al revés? ¿Si es el nombre
el que le da color? Quizás Mayra no sería tan negra si se llamara Rebeca. ¿Y si
le pongo nombre y luego me encariño? Eso de la autocompasión suena a colonia y
a tres párrafos de autoayuda. El asunto es que el tipito está ahí, y a veces,
cuando no me angustia sentirme humana, me animo y se me meten por los ojos las
ganas de traspasarlo con una aguja, arrancarle pelo a pelo, y quitarle la piel,
dejarlo en pelotas, sin pelotas, esnuito frente al mismo espejo que me hace
verme a cada rato con mis vergüenzas, con sus vergüenzas; convencerlo de que
hay cosas más importantes que recordar. Que al final no importa dónde queda
Egipto o si una frase fue redundante.
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