Wednesday, January 20, 2016

De un duende

      En grado once me equivoqué. Fui a la pizarra y ubiqué a Egipto en algún otro lugar del continente africano. Me lo recuerdo a veces… bueno, a cada rato. Un duende en mi cabeza lleva una bitácora de todos mis errores. Como cuando perdí la carrera del pavo en kínder porque tomé la ruta equivocada o abusé de los pronombres en aquella crónica que me tocó redactar en Colombia. Ese tipito -que no creo que sea verde- me recuerda mis errores a cada rato lanzándolos como bolitas de plasticina a una pared blanca.  Tampoco creo que sea rojo. El rojo es demasiado  intenso. Rojo-puta-pasión. Rojo-sangre. Rojo-bemba. No. Los errores no pueden ser rojos y tampoco el tipito insoportable.


      Me he dicho que hay que ponerle nombre… ¿pero cómo ponerle nombre si no sé de qué color es? Si es gris le llamaría algo así como Altagracia o Raúl. Aunque Raúl suena a violeta. Podría llamarle Amarilla pero entonces olería a whisky. Tiene que ser uno que huela a impertinencia, no a whisky. ¿Y si es al revés? ¿Si es el nombre el que le da color? Quizás Mayra no sería tan negra si se llamara Rebeca. ¿Y si le pongo nombre y luego me encariño? Eso de la autocompasión suena a colonia y a tres párrafos de autoayuda. El asunto es que el tipito está ahí, y a veces, cuando no me angustia sentirme humana, me animo y se me meten por los ojos las ganas de traspasarlo con una aguja, arrancarle pelo a pelo, y quitarle la piel, dejarlo en pelotas, sin pelotas, esnuito frente al mismo espejo que me hace verme a cada rato con mis vergüenzas, con sus vergüenzas; convencerlo de que hay cosas más importantes que recordar. Que al final no importa dónde queda Egipto o si una frase fue redundante. me angustia sentirme humanara luego reirse hisky. able. o como si fueran bolitas de plasticina y yo una pared

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