La frente
ancha y el pelo lacio me recuerda al padre ese que no tuve. Mi cara es la de él
y viceversa. Mi pelo a veces entrenzado grita la fidelidad que le guardo a la
madre que siempre estuvo y de la que no saqué ni la nariz. Otros dicen lo contrario. Pero esa piel chocolate se mezcló con los pelos rubios de Jaime y salí
yo… blanca. Menos que el resto de mis
hermanos, pero blanca.
Los hombros
metidos -como queriéndose tocar uno con otro frente a mi pecho- llegaron en la
adolescencia, esa tapa extraña y rica, torpe y loca a la que le llaman
pubertad. Es un abrazo que no quiere darse, que quiere quedarse conmigo. Es un
cuarto cerrado. Una palabra que no se dice.
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