Saturday, June 18, 2016

Ay, no sé


Aveces me miro en el espejo y me siento extraña. ¿Se supone que reconozca lo que veo? ¿Se supone que vea lo que los demás ven? Entonces me da un poco de miedo de no conocerme, de pretender ser algo que no soy… y me culpo. Me culpo porque esta pendeja pretensión se basa principalmente en lo que ve el otro. No en lo que veo yo. Y me doy tristeza. Tristezas. Por andar en esos espacios de incertidumbre y pesares que al final tienen todo y nada que ver conmigo, con el reflejo en el espejo, con los espejuelos grandes y los labios pequeños que me soprenden cada que veo una superficie que se obstina con mostrarme. Ay, no sé, como él dijo, todo esto está mal escrito.

Thursday, June 2, 2016

Alabanza al bisturí

“Enséñame y yo te maquillo.” Él dice y yo sonrío como sin ganas, pero agradecida. Él es gracioso de vez en cuando y cuando me ve contemplando mis manos se las ingenia. “Va a ser una ventaja cuando estés sola y quieras tocarte...”

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Detengo todo. Con frecuencia me detengo y las miro. A veces las huelo porque huelen a la mami de mi infancia, o a cloro, que en este caso es lo mismo. Las miro con tristeza. Intento obligarlas a detenerse, pero entonces el dedo del medio se encoge un poco y, junto al resto, comienza ese jamaqueo leve pero eterno. El meñique de la derecha es el más inquieto, no sé por qué. Dicen que los más pequeños son ajíes.

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- Nena pero tranquila, no tienes por qué estar nerviosa.
- No estoy nerviosa.
- Pero estás..
- Temblando. Lo sé. Gracias por el anuncio.
- ¿Pero nunca has ido al…
- Al médico. No…
- Debe ser la…
- El azúcar. Tal vez.

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Tengo 24 años y mis manos tiemblan como si tuviera, no sé, 60, quizás. Tiemblan todo el maldito tiempo y cada vez tropiezan más con ellas mismas, se niegan a delinear bien los ojos, y como mi paciencia es débil ya desistí del esfuerzo fútil de pintarme las uñas, aunque me gusta. Me gustan rojas. O negras. O azul oscuro, o morado. Pero desistí. El ejercicio me requiere tanta concentración que me desespera. Se me enredan las manos, respiro hondo, paso por primera vez la brocha dibujando la primera línea que divide la uña justo por la mitad. Lo logro. Pero la segunda línea siempre es más difícil. La trazo. Se escapa el esmalte a un pedacito de piel, las líneas se dibujan extrañas, respiro hondo una vez más, ‘estrillo’ los dedos, vuelvo al ataque, siguen temblando, nenas quédense quietas un ratito, acerco la brocha a la uña, tiembla el dedo, tiembla la brocha. Fuck it.

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Por suerte me tocó un lápiz y no un bisturí. Salvo alguna que otra palabra, nadie corre riesgo.