Él me dijo
que lo siguiera y fuimos a Torrecilla Baja donde el sol se pierde entre manglares
y otros verdes. Me dijo que esperara y esperé. Me dijo respira hondo una, dos,
tres veces y espera. Respiré hondo una, dos, tres veces y esperé. El gallo,
vuelto loco, no dejaba de alborotar sus alas golpeando los cristales del carro
como si supiera, como si oliera lo que ocurriría. El gallo no quería esperar. La luna despidió
al sol y el pobre ya no tenía energías para golpear el carro, para mover sus
alas. Ahora yo no quería esperar. El hombre
me dijo es hora, quítate la ropa, todo, deja todo. Me la quité. Me dijo mira
hacia el mar y hacia el mar miré. Me dijo corre y no pregunté, corrí al agua
con los brazos abiertos, me le metí en el alma al Atlántico y casi nadé pero
recordé que una vida en una isla no me ha dado para aprender a nadar, y me
asusté. “¿Ahora qué?” Le grité. Me dijo regresa. Corre. Regresé. No te muevas.
No me moví. Agarró al gallo cansado y cantaron los dos como si hubiesen
ensayado. Lo agarró fuerte, me miró, dijo mira, y miré y abrió su boca y se
metió el cuello del maldito gallo a la boca y en un beso extraño le arrancó la cabeza y se acercó
y me mojó con la sangre roja, rojísima y caliente. El cuerpo del ave temblaba
sin cabeza, estaba muerta pero seguía muriendo y recordé aquella cosa en el
toilette, una cosa a la que casi le llamo hijo. Roja me bajaba calientita por las piernas, por las tetas paraditas y la espalda erizada. Le cortó el ala y me la paseó por las
costillas y las nalgas. Cantaba cosas raras y lloré. Lloré porque no entendía
la mala racha que me costó 300 y una sobá. Él me tocaba con las plumas de
aquella cosa muerta. La soltó. Usó sus manos. Bailó a alrededor de mi piel casi
plateada por la luna. Yo que siempre había sido amarilla y allí estaba. Roja
sangre, plateada luna y cagá como una plasta de mierda verde. El viejo seguía
cantando no sé qué a no sé quién. Me tocó la piel, la vida, el miedo, la
cartera. Al otro día
seguía la misma mala racha y diez gallos sin cabeza recibían al sol en Playa
Vacía Talega.
Sunday, January 31, 2016
Friday, January 29, 2016
Ma'
Me
mutilaste. Me dijiste que tenía que ser perfecta, que el éxito se escribe
de una sola forma. Me querías perfecta y me cortaste los brazos, me cociste la boca.
Hoy no hablo por tu culpa.
Thursday, January 28, 2016
Jaime
Esta tipa.
Mala mía amiga pero no recuerdo tu nombre. Vuelvo. Esta tipa viene a hablar de
las pseudomemorias y me da pavor. Dice que son memorias que una misma se
siembra en la cabeza y se vuelven una mata de plátanos que te deja la mancha y
te las crees muy ciertas. Y yo que estaba segura de que aquel día me levanté y les
dije a mis hermanos ¿por qué todos agarran una servilleta? Y me miraron mal y
se fueron y yo, una enana con apenas cuatro veranos, agarré también una
servilleta y los seguí vestidita de negro, con el pelito corto, cortito y ralo
y la pollina tapándome los ojos. Qué sabía yo de la vida o de los sueños. Qué
sabía yo que la servilleta era para secarse las mejillas. Qué sabía yo que
aquel montón de flores eran una ofrenda y que aquel tipo grande, rubio, hermoso,
en verdad no dormía como dijo mami. Y me levanté y dije, que lindo mano, este
tipo es bello. Y pensé que seguramente él pensaba lo mismo de mí, pero la gente
lloraba y yo no entendía cómo es que tanta lindura bañada con una luz
artificial podía provocar tanta angustia. Y le dije que era hermoso y me fui a
llorar y a contar las flores y a tomar chocolate caliente y perdí mi servilleta.
La perdí. Mami dijo que dormía y me mintió. Tan lindo Jaime, dormía. Dormía,
dormía, dormía, que rabia mami dijo que dormía y me mintió. Tan lindo Jaime, no
dormía. Y entendí que lo perdí, que la gente lloraba porque esas pestañas
rubias y esa frente ancha y el bigote de guardia palito estarían en unas horas
en un boquete de cemento. Y se llevaron las flores y se lo llevaron a él y yo
me llevé el queso de papa y cuando llegamos al cementerio yo me quedé arriba de
la escalera con mis cuatro veranos pero un frío que se metía por debajo de las
uñas, de los párpado, de los intestinos. Lo metieron en un hueco y Tony se
desmayó. Pobrecita, le tocó enterrar a un hijo. A un hijo hermoso. Y dije
abuela me mentiste y te mereces el desmayo. Y ahora viene la tipa esta a decir
que disque pseudomemorias, que disque una se las siembra en la cabeza como una
mata de plátano que te deja una mancha y te la crees. Y a mí me da pavor que la
servilleta y las flores y el guapo y la vieja sean un racimo de fantasías y que
entonces no me quede nada de él.
Sunday, January 24, 2016
Un altar a la nada
¿Qué carajos voy a hacer? Un altar a la fuerza puede no ser tan mágico como esos pequeños altares que nacen de la nada. Luego me sedujo la idea. Fotos, pensé primero. Pero no me valió ni la pena ni las ganas. Ni de vivos, ni de muertos. Los primeros están ahí y prefiero sentirlos, olerlos. Los segundos… bueno, no me gusta tener tanto muerto mirándome. No me gusta recordarlos aunque los recuerdo. Hacerlo es recordar que esto-se-va-a-acabar. Y no es de la muerte de quien huyo, sino del tiempo. Me aterra que se me escurra entre las manos sin haber alcanzado lo que perseguí (aunque ahora no tengo idea de lo que persigo). Me aterra un “no pude y ya no hay tiempo”, y esos ojos que persiguen a una de lado a lado son como el tic-toc que me estremece la vida y me despierta el sueño. Espero que mis ojos nunca persigan a alguien desde la oscuridad de la nada. Por eso opté por una planta en el extremo izquierdo de una mesa coja de madera (aunque hoy la sustituye una planta de mentira por eso de que me mudo en unos días). Verde. Con V de vida. Con vida que depende de agua, de luz, de mí.
Al centro está Gabo y un compendio de sus textos periodísticos que me gritan <<libertad>>. Maldita sea, siempre quedaron por obligación unos ojos de muerto, por esa extraña obsesión de la gente de ponerle rostros a las palabras. No los juzgo. Y ahí está él, en la portada del libro. Periodismo. Libertad. Casi un oximorón. El mejor oficio del mundo, decía. Yo no le creo tanto, pero me lo disfruto. El periodismo está tras las rejas del mercado, aunque es una esperanza para algunas que creemos que un mundo mejor es posible. Se nos va la vida tras la justicia. Vida. Libertad. Justicia.
Esta la tenía clara: no podía faltar el globo terráqueo. Ese que sujeta algunos libros y ahora al Gabo, ese que paseo frecuentemente con los dedos marcando dónde estuve, buscando a dónde ir, dónde están los que se han ido, los que conocí allá, dónde está aquel par de ojos claros que corretearon mis latitudes y quizás algo más. Juego. Vida. Libertad. Justicia.
Luego recordé la pieza esa que no sé cómo se llama pero que quema un tipo de cera que termina convirtiéndose a olor. Lo ubiqué a la derecha de Gabo y del mundo sin buscar muchas razones. Solo hay algunas pestes que detesto y el fuego siempre luce bien. Lo demás en la mesa es espacio libre para que se le sigan acumulando las excusas.
No se me ocurre algo más.
Thursday, January 21, 2016
Trazos de un autorretrato #1
La frente
ancha y el pelo lacio me recuerda al padre ese que no tuve. Mi cara es la de él
y viceversa. Mi pelo a veces entrenzado grita la fidelidad que le guardo a la
madre que siempre estuvo y de la que no saqué ni la nariz. Otros dicen lo contrario. Pero esa piel chocolate se mezcló con los pelos rubios de Jaime y salí
yo… blanca. Menos que el resto de mis
hermanos, pero blanca.
Los hombros
metidos -como queriéndose tocar uno con otro frente a mi pecho- llegaron en la
adolescencia, esa tapa extraña y rica, torpe y loca a la que le llaman
pubertad. Es un abrazo que no quiere darse, que quiere quedarse conmigo. Es un
cuarto cerrado. Una palabra que no se dice.
Wednesday, January 20, 2016
De un duende
En grado
once me equivoqué. Fui a la pizarra y ubiqué a Egipto en algún otro lugar del
continente africano. Me lo recuerdo a veces… bueno, a cada rato. Un duende en
mi cabeza lleva una bitácora de todos mis errores. Como cuando perdí la carrera
del pavo en kínder porque tomé la ruta equivocada o abusé de los pronombres en
aquella crónica que me tocó redactar en Colombia. Ese tipito -que no creo que
sea verde- me recuerda mis errores a cada rato lanzándolos como bolitas de plasticina
a una pared blanca. Tampoco creo que sea
rojo. El rojo es demasiado intenso.
Rojo-puta-pasión. Rojo-sangre. Rojo-bemba. No. Los errores no pueden ser rojos
y tampoco el tipito insoportable.
Me he dicho
que hay que ponerle nombre… ¿pero cómo ponerle nombre si no sé de qué color es?
Si es gris le llamaría algo así como Altagracia o Raúl. Aunque Raúl suena a
violeta. Podría llamarle Amarilla pero entonces olería a whisky. Tiene que ser
uno que huela a impertinencia, no a whisky. ¿Y si es al revés? ¿Si es el nombre
el que le da color? Quizás Mayra no sería tan negra si se llamara Rebeca. ¿Y si
le pongo nombre y luego me encariño? Eso de la autocompasión suena a colonia y
a tres párrafos de autoayuda. El asunto es que el tipito está ahí, y a veces,
cuando no me angustia sentirme humana, me animo y se me meten por los ojos las
ganas de traspasarlo con una aguja, arrancarle pelo a pelo, y quitarle la piel,
dejarlo en pelotas, sin pelotas, esnuito frente al mismo espejo que me hace
verme a cada rato con mis vergüenzas, con sus vergüenzas; convencerlo de que
hay cosas más importantes que recordar. Que al final no importa dónde queda
Egipto o si una frase fue redundante. me
angustia sentirme humanara luego reirse hisky. able. o como si fueran bolitas
de plasticina y yo una pared
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