Thursday, January 28, 2016

Jaime

     Esta tipa. Mala mía amiga pero no recuerdo tu nombre. Vuelvo. Esta tipa viene a hablar de las pseudomemorias y me da pavor. Dice que son memorias que una misma se siembra en la cabeza y se vuelven una mata de plátanos que te deja la mancha y te las crees muy ciertas. Y yo que estaba segura de que aquel día me levanté y les dije a mis hermanos ¿por qué todos agarran una servilleta? Y me miraron mal y se fueron y yo, una enana con apenas cuatro veranos, agarré también una servilleta y los seguí vestidita de negro, con el pelito corto, cortito y ralo y la pollina tapándome los ojos. Qué sabía yo de la vida o de los sueños. Qué sabía yo que la servilleta era para secarse las mejillas. Qué sabía yo que aquel montón de flores eran una ofrenda y que aquel tipo grande, rubio, hermoso, en verdad no dormía como dijo mami. Y me levanté y dije, que lindo mano, este tipo es bello. Y pensé que seguramente él pensaba lo mismo de mí, pero la gente lloraba y yo no entendía cómo es que tanta lindura bañada con una luz artificial podía provocar tanta angustia. Y le dije que era hermoso y me fui a llorar y a contar las flores y a tomar chocolate caliente y perdí mi servilleta. La perdí. Mami dijo que dormía y me mintió. Tan lindo Jaime, dormía. Dormía, dormía, dormía, que rabia mami dijo que dormía y me mintió. Tan lindo Jaime, no dormía. Y entendí que lo perdí, que la gente lloraba porque esas pestañas rubias y esa frente ancha y el bigote de guardia palito estarían en unas horas en un boquete de cemento. Y se llevaron las flores y se lo llevaron a él y yo me llevé el queso de papa y cuando llegamos al cementerio yo me quedé arriba de la escalera con mis cuatro veranos pero un frío que se metía por debajo de las uñas, de los párpado, de los intestinos. Lo metieron en un hueco y Tony se desmayó. Pobrecita, le tocó enterrar a un hijo. A un hijo hermoso. Y dije abuela me mentiste y te mereces el desmayo. Y ahora viene la tipa esta a decir que disque pseudomemorias, que disque una se las siembra en la cabeza como una mata de plátano que te deja una mancha y te la crees. Y a mí me da pavor que la servilleta y las flores y el guapo y la vieja sean un racimo de fantasías y que entonces no me quede nada de él.

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