Es curioso
cómo una siempre busca inspiración en las mismas cosas, en los mismos textos,
en los mismos olores, en las hojas. Yo siempre suelo regresar al Gabo. Me llena
de unas energías extrañas que a veces no sé medir. No hace falta. Pero las
necesarias como para decirle “sube, aquí matamos gente” al cabrón que se
atrevió a gritar “eah mami, vamos a prender, ¿te acompaño? ¿fumamos?”. Desde el
balcón se escucha una de cosas… y yo solo quería repasar al Gabo.
No pude.
Cuando una tiene quince cosas en la cabeza no se le puede leer porque nada
entra, o porque las sensibilidades están tan afloradas que conviene no provocarlas.
Cerré el libro y me dije que soy una cobarde. Y es que soy una cobarde que
esconde las lágrimas, aunque me encantan. Como si las lágrimas fueran sinónimo
de debilidad, y como si ser débil fuera un pecado capital. Y se pone una a
repasar los pecados capitales y se da cuenta que va para el infierno. Quizás
allí me encuentro al Gabo y tengo energías para toda la eternidad, aunque las
necesito ahora.
Decir la
verdad es un mal necesario, un alivio, pero también es uno de esos actos que
requiere gran energía. Sobre todo si apalabrarla lastimará a otros. Hoy tuve
una gran lección. Quizás gracias al Gabo, quizás no. Ya no sé. No hace falta.