“Enséñame y yo te
maquillo.” Él dice y yo sonrío como sin ganas, pero agradecida. Él es gracioso
de vez en cuando y cuando me ve contemplando mis manos se las ingenia. “Va a
ser una ventaja cuando estés sola y quieras tocarte...”
***
Detengo todo. Con
frecuencia me detengo y las miro. A veces las huelo porque huelen a la mami de
mi infancia, o a cloro, que en este caso es lo mismo. Las miro con tristeza.
Intento obligarlas a detenerse, pero entonces el dedo del medio se encoge un poco
y, junto al resto, comienza ese jamaqueo leve pero eterno. El meñique de la
derecha es el más inquieto, no sé por qué. Dicen que los más pequeños son ajíes.
***
- Nena pero
tranquila, no tienes por qué estar nerviosa.
- No estoy
nerviosa.
- Pero estás..
- Temblando. Lo
sé. Gracias por el anuncio.
- ¿Pero nunca has
ido al…
- Al médico. No…
- Debe ser la…
- El azúcar. Tal
vez.
***
Tengo 24 años y mis manos tiemblan como si tuviera, no sé, 60, quizás. Tiemblan todo el maldito tiempo y cada vez tropiezan más con ellas mismas, se niegan a delinear bien los ojos, y como mi paciencia es débil ya desistí del esfuerzo fútil de pintarme las uñas, aunque me gusta. Me gustan rojas. O negras. O azul oscuro, o morado. Pero desistí. El ejercicio me requiere tanta concentración que me desespera. Se me enredan las manos, respiro hondo, paso por primera vez la brocha dibujando la primera línea que divide la uña justo por la mitad. Lo logro. Pero la segunda línea siempre es más difícil. La trazo. Se escapa el esmalte a un pedacito de piel, las líneas se dibujan extrañas, respiro hondo una vez más, ‘estrillo’ los dedos, vuelvo al ataque, siguen temblando, nenas quédense quietas un ratito, acerco la brocha a la uña, tiembla el dedo, tiembla la brocha. Fuck it.
***
Por suerte me tocó
un lápiz y no un bisturí. Salvo alguna que otra palabra, nadie corre
riesgo.
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